Venezuela, un país en los bordes del abismo

Venezuela, un país en los bordes del abismo

Incertidumbre y agitación son las dos palabras que describen la situación actual de Venezuela. El país está atravesando una crisis social, política y económica innegable. El FMI estima que la hiperinflación llegará a 10.000.000% este año. La masiva marcha opositora al gobierno de Nicolás Maduro, realizada en diferentes ciudades del país el pasado miércoles 23 de enero, que se cobró la vida de al menos 26 personas tras la represión, terminó de convulsionar a una sociedad golpeada desde hace años por las luchas de poder.

De un lado,  el actual gobierno, liderado por Nicolás Maduro, de base chavista; por el otro Juan Guaidó, titular del Parlamento y “presidente encargado”, reconocido por líderes mundiales. Sin embargo, del lado opositor han pasado diversas figuras que han acabado a lo largo de los años encarceladas o fallecidas. Ahora, el nombre de Guaidó ha logrado crecer rápidamente y es el que más aceptación popular e internacional ha obtenido. Su situación es complicada, tanto que 16 países han pedido a la Organización de Estados Americanos (OEA) que se garantice la seguridad de este joven político y de los miembros de la Asamblea Nacional.

El gobierno de Nicolás Maduro se dice legitimado por las elecciones llevadas a cabo en mayo de 2018, aunque los datos fríos revelen que realmente la voluntad popular no fue esa debido a las muchas irregularidades que tuvieron lugar durante el proceso eleccionario: inhabilitación de candidatos, impedimento de participación de partidos opositores, nulidad de competencias constitucionales de la Asamblea Constituyente para convocar a elecciones, falta de tiempo para cumplir con las etapas establecidas en la normativa electoral, además de la denuncia de compra de votos. Sumado a eso, varios organismos internacionales hicieron saber en su momento que no existían garantías electorales en el país, y Naciones Unidas no ofreció asistencia electoral.

La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, la Unión Europea, la Organización de Estados Americanos, los países miembros del Grupo de Lima, y naciones como Australia, Estados Unidos, Japón, Nueva Zelanda, República Dominicana y Suiza rechazaron aquella convocatoria por su evidente falta de transparencia y de garantías electorales al tiempo que declararon su no reconocimiento a los resultados electorales.

El día mismo de iniciar Nicolás Maduro su segundo mandato, el pueblo venezolano se unió para salir por las calles de Caracas y otras tantas ciudades  reclamando democracia, paz y bienestar. Estas marchas se replicaron en diversas partes del mundo donde los venezolanos se instalaron tras las migraciones masivas de los últimos años. La fecha elegida no fue casual ya que cuenta con una fuerte carga simbólica: ese día se conmemora el final de la dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez, el 23 de enero de 1958.

En las marchas que sobrevinieron a ese ya histórico 23 de enero  fallecieron 26 jóvenes que en su mayoría recibieron impactos de bala en el pecho o la cabeza, método que utilizan las fuerzas de seguridad venezolanas y los cuerpos de choque del chavismo para desalentar rebeliones. Además, 791 personas fueron detenidas, algo que generó una lógica preocupación entre sus familias al no ser informadas sobre sus lugares de detención.

Luego  de aquella emblemática movilización del 23, fueron convocadas otras dos, una para el miércoles 30 de enero pasado, que buscó incentivar a las fuerzas armadas a dejar de apoyar al régimen de Nicolás Maduro, y una segunda para el sábado 2 de febrero, fecha elegida intencionalmente ya que ese día vence el plazo que le dieron Francia, Alemania, Reino Unido, Holanda y Portugal a Maduro para que convoque a elecciones o de lo contrario reconocerían a Guaidó como presidente interino de Venezuela.

Quienes respaldan al actual gobierno se han manifestado demostrando su apoyo a Maduro en movilizaciones que conllevan el riesgo de choque entre los distintos grupos y un posible derramamiento de sangre. En este drama social y político, los actores claves son las fuerzas militares. La oposición apuesta a convencer a los cargos medios y bajos, en donde hay un creciente descontento debido a que ellos también padecen las consecuencias de la actual crisis al igual que el resto de la población. Pero mientras tanto, los altos mandos siguen siendo fieles y leales a Maduro, como quedó de manifiesto el pasado jueves 24 de enero.

Ese mismo día, Nicolás Maduro anunció la ruptura de relaciones diplomáticas con Estados Unidos y calificó lo ocurrido como un intento de golpe de estado para instaurar lo que llamó “un gobierno títere”. La tensión entre ambos países aumenta considerablemente cada día; desde el incidente y la incertidumbre que trajeron las anotaciones de un asesor de seguridad nacional de la Casa Blanca, que mencionaba “5000 tropas en Colombia”, hasta el boicot económico a través de la manipulación de fondos de distintas cuentas del gobierno venezolano bajo jurisdicción estadounidense que fueron traspasadas a Guaidó.

El apoyo de Rusia y China al gobierno de Maduro incrementa la tensión. Ambos regímenes, defensores a ultranza del principio de no intervención en los asuntos internos de los Estados, ven a uno de sus principales compradores de exportaciones militares bajo amenaza. A su vez, son conscientes que el cambio de gobierno puede llegar a afectar los precios del petróleo, desfavoreciendo los intereses de Moscú y Pekín. Sin mencionar, la millonaria deuda que Venezuela fue acumulando con ambos países durante los gobiernos del socialismo del siglo XXI.

El gobierno de Maduro, apoyado por algunos países como México y Uruguay, recibió de buena manera la sugerencia de una apertura al diálogo entre venezolanos y reconoció públicamente estar dispuesto a aceptarlo, al tiempo que ha expresado la posibilidad de celebrar elecciones parlamentarias anticipadas, no así elecciones presidenciales. “Ya hubo presidenciales en Venezuela”, argumenta Maduro. “Si los imperialistas quieren otras presidenciales, que esperen hasta 2025”.

Lo cierto es que de agudizarse el panorama descripto, un posible enfrentamiento militar tendría consecuencias escalofriantes. No sólo empeoraría la crisis actual, sino que podría llevar a una verdadera catástrofe comparable con la situación de  Siria o Yemen,  países donde a causa del enfrentamiento armado la principal perjudicada  ha sido y es  la sociedad civil que sufre la falta de alimentos, medicamentos y bienes básicos para su supervivencia, generando en consecuencia el desplazamiento y la migración de millones y millones de sus ciudadanos.

En estos momentos el eje de las preocupaciones tiene que estar centrado en aliviar la situación humanitaria, todo lo demás es secundario. Y es imprescindible que se logre llegar a una solución pacífica urgente con la colaboración de todas las partes para evitar un mayor derramamiento de sangre.

El pueblo venezolano merece, como todos los pueblos del mundo, vivir en paz, en libertad y democracia.